Expectativas x Realidad 🤼
- rafaela Mazzini
- 17 may
- 3 min de lectura
Desde que nacemos parece que lo que tenemos nunca es suficiente. Siempre queremos más: más tiempo, más experiencias, más reconocimiento, más belleza, la eterna juventud, más respuestas, etc.... No sé si es la edad o simplemente el mundo en el que vivimos hoy, donde todo sucede de manera inmediata. La noticia aparece al instante, la foto perfecta dura unos segundos, las tendencias cambian cada día y los símbolos de éxito o belleza están constantemente frente a nosotros. Todo está online, a un clic de distancia.
Me frustra vivir con la sensación de que todo pasa demasiado rápido. Como si el tiempo se hubiese acelerado sin pedirnos permiso. A veces me pregunto en qué momento dejamos de observar realmente las cosas, de detenernos, de aburrirnos incluso.
Desde el Covid tengo la sensación de que los días pasan a la velocidad de la luz. Los meses se mezclan, las semanas desaparecen y muchas veces termino un día sin recordar en qué momento ocurrió realmente. Es una sensación extraña, como vivir siempre un poco adelantados al presente.
A comienzos de ese año empecé a hacer un pequeño ejercicio. Intentar desconectarme más, pasar menos tiempo online y alejarme un poco de esa necesidad constante de mirar el móvil, responder rápido o consumir información sin parar. Ahí me di cuenta de algo importante, lo difícil que se ha vuelto simplemente estar.
Porque a veces creemos que estamos viviendo, cuando en realidad solo vamos pasando de una cosa a otra. Consumimos momentos igual que consumimos contenido, deprisa, sin pausa, casi sin sentirlos.
Quizá por eso el impresionismo me encanta tanto, podría decir que es mi estilo preferido de pintura.
Los impresionistas intentaban capturar precisamente lo contrario a esta velocidad moderna, un instante. La luz exacta de una tarde, una conversación entre amigos, el movimiento tranquilo de un jardín, la belleza pequeña de la vida cotidiana.
Pierre-Auguste Renoir pintaba escenas llenas de vida, pero curiosamente cuando observo sus cuadros siento calma, como si dentro de todo ese movimiento existiera una pausa silenciosa.
Pienso mucho en Le Déjeuner des canotiers y en Baile en el Moulin de la Galette (Bal du moulin de la Galette). En esos cuadros nadie parece tener prisa. Las personas conversan, miran alrededor, bailan, descansan, disfrutan de la compañía y de la luz del momento. No hay teléfonos, notificaciones ni ansiedad por responder al instante. Solo personas presentes en un momento cotidiano. Y ahí está una diferencia con nuestra época.
Nosotros vivimos intentando capturarlo todo, mientras ellos simplemente lo vivían.
A veces siento que nuestra vida actual se parece a una pantalla llena de pestañas abiertas. Demasiada información, demasiada velocidad, demasiadas expectativas. En cambio, los cuadros de Renoir parecen recordarnos algo mucho más simple, que la belleza también existe en los momentos pequeños.
Tal vez esa sea una de las cosas que más necesitamos hoy, aprender otra vez a contemplar la vida como si fuera un cuadro impresionista. No perfecto, no inmediato, solo humano, luminoso y real.
Y curiosamente esta sensación también aparece en otro lugar completamente distinto, en las novelas de Jules Verne, de quien soy MUY fan.
Hace un año fui a una exposición sobre él y me trajo muchos recuerdos de infancia, porque había leído sus libros en el colegio. Después de la exposición volví a leer algunas de sus obras y me sorprendió lo actuales que siguen siendo.
Verne imaginaba mundos imposibles, viajes submarinos, expediciones a la luna o aventuras alrededor del planeta cuando todavía muchas de esas cosas ni siquiera existían. Sus historias hablaban del futuro, del progreso y de la fascinación humana por avanzar constantemente.
Y lo curioso es que hoy vivimos dentro de muchas de esas ideas que él imaginó.
Tenemos tecnología inmediata, acceso infinito a información y la posibilidad de estar conectados todo el tiempo. Y aun así, muchas veces parece que cuanto más avanzamos, más difícil se vuelve sentirnos realmente presentes.
Quizá ahí está la paradoja.
Mientras Pierre-Auguste Renoir intentaba detener un instante cotidiano sobre un lienzo, Jules Verne soñaba con un mundo acelerado hacia el mañana.
Y nosotros vivimos entre esas dos ideas la necesidad de avanzar y el deseo profundo de detenernos un momento.
Tal vez por eso sigo buscando pequeños espacios de pausa. Porque en medio de tanta velocidad todavía necesito sentir que algunas cosas permanecen:
Una conversación tranquila con "mi gente",
La luz de la tarde,
Un buen libro,
Una visita al museo,
Caminar por la playa,
o simplemente unos minutos de silencio :-)







